El problema del conocimiento desde la realidad socio-histórica
(Transcripción
de la conferencia impartida en el Seminario sobre Problemas de la Historia,
Neuquen, República Argentina. Abril
2001)
Hugo Zemelman
Construcción categorial de los
procesos
Plantearé una serie de
problemas que están vinculados con la construcción del conocimiento
socio-histórico, salvando la cuestión de la visión disciplinaria puesto que
la propia reflexión implica,
básicamente, un quiebre disciplinario. No es fácil porque los problemas son
muchos y su complejidad deriva no tanto de la dificultad inherente a los
contenidos como del manejo de conceptos no socializados en los procesos
formativos, incluidos los programas de posgrado. De partida podemos señalar dos cuestiones: el
“quiebre disciplinario” y la “falta de socialización” de los conceptos.
1. El “quiebre disciplinario” apunta a una acepción acerca de la complejidad de la
realidad. Sea que se socialice respecto al pasado, al presente o al futuro, la
realidad está obligándonos a relativizar los límites disciplinarios; lo que
significa ser capaz de entender que entre las disciplinas hay muchas realidades
que no se agotan en cada una de ellas por separado. Afirmación compleja porque
supone cuestionar temas, tanto metodológicos como teóricos, que se pueden
traducir como la necesidad de transformar la forma de construir los problemas que son objeto de conocimiento.
Pero decir construcción, a la luz de la
crisis de la disciplinariedad, es romper no adjetiva ni retóricamente, sino
desde la lógica misma de esta construcción con los límites disciplinarios, lo
que es una gran dificultad a pesar de que la cuestión interdisciplinaria o transdisciplinaria es
parte de una larga discusión de 30 o 40 años,
no habiendo en la actualidad casi ningun programa de Posgrado que no se
defina como interdisciplinario. No obstante, cuando se analiza siendo posible
que no haya programa de posgrado que no insista en que es un programa
interdisciplinario. Pero cuando se analiza la práctica investigativa se sigue
viendo y pensando “duramente” en la disciplina.
Esto tiene varias
explicaciones, una de ellas es que se
trata de problemas metodológicos no resueltos, aunque también se presentan
problemas de otro orden que caben en lo que podríamos llamar “explicaciones
sociológicas”, en el sentido que la ciencia no es algo abstracto sino que hace
parte de las comunidades de científicos con pautas de comportamiento propias y
toda una parafernalia que determina muchas de las inercias del quehacer científico.
Este “efecto kuhniano”* es
significativo, pero no lo analizaremos en esta oportunidad para concentrarnos
en los aspectos metodológicos propios de la construcción del problema.
2. Además del problema de los límites disciplinarios,
considerado en la lógica de la construcción del problema, debemos considerar la
no socialización de ciertos conceptos, que quizás sea el problema principal. Lo
que se quiere significar es la emergencia de conceptos no socializados y
relacionados con una crisis del método científico que lo obliga a desdecirse, a
romper con ciertos parámetros con los que va asociado. Por ejemplo, los
conceptos de “rigor”, de “claridad”, de “cientificidad” incluso, para comenzar
a trabajar con categorías que no están incorporadas necesariamente en lo que
genéricamente podríamos llamar “lógicas científicas de investigación”.
Este más que antiguo es un
problema permanente. Porque si se lo analiza a la luz de la delimitación de
Popper por ejemplo, sobre lo que es y no es ciencia, a partir de textos que ya
tienen muchos años, se trata de un concepto que se desplaza históricamente y
por tanto no se trata de algo formal y resuelto de una vez y para siempre. La
ciencia va ganando terreno supuestamente, y en la perspectiva en que nos
colocamos implica un cambio, una transformación de los conceptos. Por lo tanto,
si hay una transformación en los conceptos de cientificidad para construir
ciencia, también cambian los cánones metodológicos y en lo que se entiende por
rigor científico, por verdad, por todo aquello que han discutido tanto los
folósofos.
Lo anterior cubre toda una
gama de problemas, desde los más abstractos a los más operativos. Queda clara
la emergencia de una serie de desafíos conceptuales que provienen de la
historia de la sociedad, o, de manera más particular, de las propias ciencias
humanas, aunque también de las “ciencias duras,” en una suerte de convergencia
de problemas emergentes que nos están obligando a repensar muchas cuestiones.
Por ejemplo, la presencia
cada vez mayor en las ciencias de conceptos como lo indeterminado. La
indeterminación es un reto actual en la construcción del conocimiento
científico, porque señala un límite real a una serie de paradigmas orientados a
dar distintas soluciones a cuestiones como las de la regularidad de las leyes,
al de las causas, discusión que heredamos del siglo XX. Y sobre las cuales hay
diversas respuestas que obligan a distinguir los planos conceptuales cuya
socialización domina nuestra manera de
pensar y construir conocimiento científico. Veamos la distinción entre los
conceptos de estructura y proceso.
Si revisamos la literatura
al uso, incluso nuestro propio modo de operar, estamos fuertemente centrados en
la lógica de la “estructura”vinculada con relaciones de explicación o de causa,
teniendo serias dificultades para pensar desde las exigencias de los procesos.
Situación que se complejiza si pensamos que se trata de procesos que comienzan
a asomar sin la garantía de su génesis histórica. En este punto cabe ser
extremadamente cautelosos porque no se pueden realizar afirmaciones
ontológicas; no obstante es un problema claro sobre el que tendríamos que saber
reaccionar entendiendo que los procesos no siempre están regidos por leyes.
Lo anterior afecta a muchas
cuestiones, como es la relación del pasado con el presente y del presente con
el futuro; es decir, no existen garantías de que se trate de un transcurrir del
pasado al futuro y sometido a legaliformidades. En forma de tener que pensar de
modo mucho más influido por discontinuidades, incertidumbres,
indeterminaciones, casualidades, (como ya se habló en el siglo XIX) sobre la
historia. La apariencia del problema se torna en un problema complejo en la
práctica investigativa, por lo que frente a cuestiones de esta naturaleza es
importante despojarse de parámetros que nos han dado tranquilidad de espíritu
respecto a la construcción de la ciencia.
Al algunas de las
situaciones ejemplares, en la construcción de las ciencias humanas, se refieren
al concepto de evolución y, por decirlo en términos más valóricos, al de
progreso. Antes del quiebre producido en las últimas dos décadas del siglo XX,
casi toda la ciencia social (incluida la historia), en América Latina, se
construyó sobre el presupuesto de que la sociedad evolucionaba, que la sociedad
humana estaba regida por leyes de desarrollo progresivo, que la conducían hacia
lo mejor. Esta certeza es la que se derrumba a finales del siglo pasado. No
se llega a postular que no haya
desarrollo, pero sí la falta de certeza sobre la dirección del mismo; lo que
tiene consecuencias en la construcción del conocimiento, en la medida que se
trata de una construcción a partir de premisas valóricas. La sociología o
economía del desarrollo cuyas premisas expresaban la ley del progreso
histórico, llegaron a conclusiones defendidas científicamente pero sobre las
que ahora no tenemos ninguna seguridad.
Si retrocedemos en los
siglos, hasta la época de Descartes, advertimos un punto de bifurcación,
eliminado por el propio Descartes y sus seguidores, en el marco de la gran
revolución metodológica del siglo XVII, como fue la disyuntiva entre los
caminos de la verdad y lo incierto. Por contar con el instrumental básico de
las matemáticas de la época, y sus lenguajes correspondientes, era casi obvio
que se descartara el de lo incierto y se optara por la verdad, la evidencia y
la certeza que rige a las ciencias de entonces a la actual. Las ciencias
humanas heredarán el optimismo cartesiano, que
el siglo XIX fue el Positivismo.
Caminos que comienzan a desmoronarse con
la física cuántica, y con las teorizaciones que florecen a partir de la
revolución de la física como la teoría de los fractales. Estamos obligados a
retroceder y reconocer puntos de
encrucijada que nos inclinan a considerar seriamente el camino antes negado,
anticipado por los presocráticos (véase el discurso de Parménides), como es el
de la oscuridad en tanto ausencia de garantía de verdades. La crítica
popperiana a la prueba, en los años ´30,
contribuye a derrumbar la certeza de la
verdad como expresión de un orden de leyes. Problemática que se diluye
en la práctica investigativa, con
presidencia que algún discurso lo niegue, pues en ese plano seguimos siendo
herederos del positivismo del siglo XIX, continuamos siendo aristotélicos al
buscar correspondencia, corroboraciones, seguridad, en suma, certezas.
Todo ello ha alimentado una
hermenéutica del dato, así como el desarrollo de una revolución técnica en las
ciencias humanas, especialmente a partir de la Segunda Guerra mundial, en lo
que concierne a las técnicas cuantitativas y cualitativas. A través de estas
técnicas se ha buscado confiar en el dato, confirmar que los conceptos
utilizados son correctos, porque se sujetaban a una correspondencia con una
denotación externa dando lugar a un conocimiento verdadero.
El gran problema es tomar
conciencia de esta situación y resolverla, en la medida que supone trabajar
enfoques intelectuales que no son necesariamente más complejos por su contenido
sino por su falta de socialización. Particularmente relevante en América
Latina, porque influyó en varias generaciones, es el del marxismo . Se olvidó
que ese paradigma de la racionalidad se construye sobre la base, no de
estructuras, sino de procesos, por lo
que su aplicación metodológica en el ámbito disciplinario fue incongruente.
Aunque se hablaba de
procesos, se los transformaba en estructuras y se continuaba pensando en
términos de leyes causales. No es suficiente tener claridad conceptual sobre un
gran discurso acerca de la ciencia, o de la racionalidad científica, ni basta
resolver los problemas a nivel metadiscursivo, si no se acompaña de la
capacidad para resolverlo metodológicamente en el ámbito de la construcción del
conocimiento especialmente del objeto de
estudio.
Hecho y acontecimiento
¿Por qué nos preocupamos por
estos temas? Podrían haber opciones menos complejas más allá de cierta crisis o
agotamiento del paradigma explicativo cartesiano, al que se ha respondido
ajustando durante decenios los conceptos de “causa”, “relación” o “determinación”,
los cuales se han ido complejizando. Podría ser que el problema real, aparezca
si lo confrontamos con algo externo a este discurso, como es la complejidad de
la misma realidad. Actualmente estamos enfrentados a fenómenos y contextos
emergentes sin una clara relación de
continuidad. ¿Cómo podríamos conceptualizar la complejidad propia del
conocimiento socio-histórico?
Primera situación de complejidad. Retrocediendo en la historia y
pensando desde Braudel, en su distinción sobre los diferentes tiempos, tenemos
que surge la complejidad en la necesidad de manejarse simultáneamente con muchos tiempos; Debemos
entender de manera más profunda a los tiempos cortos, ya que en ellos se
condensan los desafíos de la complejidad de los tiempos de larga duración. Un
historiador o economista, podrían tener por delante la necesidad de analizar
una situación acotada metodológicamente en un tiempo corto; pero sin perder de
vista que forma parte de un tiempo largo y/o mediano, de modo que no se limite
en términos de entenderlo sólo en un
tiempo corto en sí mismo. Problema presente en las ciencias humanas, es la
confusión entre hecho y acontecimiento. La relación entre tiempos en un mismo
recorte empírico lleva efectivamente a distinguir entre hecho y acontecimiento
si buscamos hacer análisis, trascendiendo
de lo puramente morfológico de
manera de adentrarse en la realidad que subyace a la observación.
Por “hecho” entendemos una
situación empírica observable que se agota en sí misma en un tiempo único,
mientras que un acontecimiento sería un hecho empírico que no se agota en una
sola temporalidad, cuyo análisis, por tanto, es distinto y asume una forma
compleja al relacionarlo con lo señalado acerca de la inexistencia de una ley
que asegure la evolución de ese hecho como acontecimiento.
Segunda situación de complejidad. Otro problema que nos hereda el
siglo XX, desde un siglo antes, en el
marco de la complejización de la presencia de leyes, es el de entender la
realidad socio-histórica como una construcción de los sujetos. No se trata de
que la legaliformidad garantiza casi ontológicamente un proceso en una
dirección determinada, sino de realidades que obligan a colocar el papel de los
sujetos en el centro de la discusión. Hablamos de sujetos capaces de construir
realidades en una relación entre individuo y colectivo, que se asocia con el
acontecimiento, es decir, con la distinción entre contextos anecdóticos que se
agotan en el individuo, y los que son acontecimientos porque se vinculan con
colectivos sociales. Distinción que debe aparecer en la discusión
historiográfica para no confundirla con el periodismo. Un pensador como Dilthey
se movió en una fuerte tensión, no siempre advertida con suficiente claridad,
entre fenómenos sociales sometidos a “lógicas objetivas”, como cosas ajenas,
externas, al sujeto, y en tanto construcciones de los sujetos, pero que
conforman una articulación con múltiples direcciones.
Tercera situación de complejidad. La complejidad desafía a que la
realidad de cualquier fenómeno (económico, social o cultural), analizada
tanto en pasado, presente o futuro, no es posible desde una
lógica de acotamiento que aisle estas dimensiones. La complejidad del fenómeno
obliga a pensar su acotamiento empírico como parte de una relación más
inclusiva sin eliminar de antemano su condición de acontecimiento. Resolver
congruentemente el problema de las delimitaciones empíricas de los fenómenos,
desde esta exigencia de complejidad,
supone romper con esta disociación que lo fragmenta, pero que no está resuelto
según los cánones metodológicos actuales. Se trata de situaciones de
complejidad miradas desde un punto de vista metodológico, no teórico.
Cuarta situación de complejidad. Lo que importa estudiar no es toda
la realidad, sino ciertas realidades. En este sentido se plantea la exigencia
de entender la realidad socio-histórica como una construcción con independencia
de sostener la convicción en el funcionamiento de leyes, o en recortes de
tiempo del tipo braudeliano, en los cuales las realidades que interesan no se
ven claramente. Construcción a partir de prácticas humanas que se despliegan en
distintos tiempos y espacios en los que tiene lugar esa construcción.
A este respecto, se
presentan varios tópicos en los que se puedan reconocer los puntos de
incidencia de las prácticas humanas, que plantean repensar las relaciones entre
disciplinas para delimitar áreas de realidad en que necesariamente
convergen compartimentos estancos, según
la naturaleza de las prácticas. Esta es una complejidad que no se puede resolver
desde un discurso meramente retórico,
o desde un metadiscurso que plantee
soluciones definitivas.
Estamos enfrentados a la
necesidad de entender que la construcción del conocimiento, desde las cuatro
situaciones de complejidad planteadas,
obliga a recuperar una noción de método como postura racional, en vez de limitarlo a un conjunto de técnicas
centradas en los datos. Ello significa situarse en un momento anterior al dato
que definimos como la relación con las
circunstancias. Relación de conocimiento que, al ser anterior al dato, permite
el recorte de realidades sin
identificarlos con contenidos determinados, los que, a su vez, se
corresponden con determinados referentes empíricos.
Un ejemplo de lo que decimos
es el concepto de capitalismo. Analizado desde la relación de conocimiento, y
no desde una teoría que representa, como
tal, una respuesta de contenido a esta
relación de conocimiento, supone un recorte inclusivo que puede incorporar
distintas modalidades de capitalismo, con diferentes contenidos y referentes
empíricos, dependiendo del contexto en que se utilice la categoría
“capitalismo”. Es la relación de conocimiento no identificada con los atributos
de un fenómeno, pero que incluye posibilidades de múltiples atributos.
Un autor como Kula ilustra lo que decimos. Estudia a la Iglesia
en Polonia en tanto fenómeno con distintos contenidos que varían según el momento histórico en que es analizado, ya que su conceptualización es función de sus
posibilidades de contenidos y no de contenidos predeterminados. En efecto, para poner otro ejemplo, se puede llegar a
una comunidad campesina con el propósito de estudiar las relaciones de trabajo, que pueden llegar a tener muchos contenidos en
tanto son analizados en distintas situaciones históricas.
Las relaciones de trabajo
pueden suponer relaciones salariales de explotación constituyendo un
determinado contenido teórico; pero si las asumo dependiendo de otras
circunstancias podrían asumir formas solidarias de trabajo. La categoría
relaciones de trabajo incluye ambos contenidos, dependiendo del momento
histórico que asuma uno u otro, o ambos contenidos. La diferencia está en el
uso del contenido, si es o no en un sentido de apertura metodológica para
descubrirlo en las situaciones concretas en que se está estudiando, en vez de
reducirlo a contenidos predeterminados
conceptualmente.
La exigencia de historicidad
La discusión en torno de la
complejidad se puede centrar en dos problemas: en el del momento y el propio del movimiento del
momento. Dos exigencias epistémico-metodológicas que no tienen un contenido
particular, pero que cumplen la función de coordenadas para la construcción de
la relación de conocimiento como un primer recorte de observación de la
realidad.
La reflexión de ambas cuestiones,
desde una disciplina como la historia, reconoce dos obstáculos metodológicos:
el problema del manejo del tiempo, como la simultaneidad de tiempos, lo que no
está resuelto en las ciencias sociales;
y la historia de los
acontecimientos desde la perspectiva de la reconstrucción de tendencias. Ambas
aportaciones historiográficas llevan a delimitar al concepto de coyuntura que
incorpora, no solo muchos tiempos en un mismo momento, sino el movimiento del
momento y por tanto la multidireccionalidad del movimiento desde ese momento
particular.
Análisis de coyuntura, que acuñado a comienzos
del siglo XX por el análisis politológico, se ha enriquecido con los aportes historiográficos. Consiste en
un recorte de realidad que permita captar tanto el movimiento interno como el
movimiento longitudinal del fenómeno;
esto es, el corto y largo tiempo presentes en términos de las distintas
dimensiones que puede asumir un fenómeno.
La ausencia de la
exigencia de la coyuntura conforma un
modo de construir teorías que pueden resultar
falsas. En América Latina se pueden encontrar ejemplos de lo que decimos: el análisis de
los militares y el de los movimientos sociales, así como el análisis de la democracia. El análisis de la democracia actual está fuertemente asociado al análisis de los sujetos, lo que lleva a
problematizar la sociedad civil; pero
que es desconocida a pesar de la enorme
cantidad de discursos que se plantean en ese ámbito. Norbert Lechner, por
ejemplo, ha distinguido diferentes acepciones de “sociedad civil,” no siendo posible construir un corpus desde esa vaguedad
conceptual, invalidando que mucho del conocimiento socio-histórico se pueda
utilizar.
La coyuntura, empero,
plantea otro problema que se puede enunciar como la recuperación de
la historia desde prácticas que no se
piensan históricamente. Al respecto, textos de Hobsbawn y Romero son notables
por cuanto sirven para forjar una visión digna del pensar histórico. La
historia obliga a otras disciplinas como la sociología, antropología, economía,
a trabajar el tiempo desde el tránsito del parámetro a la propiedad, a analizar
el tiempo y el espacio desde su condición interna al fenómeno; exigencia de
historicidad que no está presente en muchos estudios historiográficos, lo que
obliga a construir la abstracción de una determinada manera.
Primer comentario: pensamiento abstracto y concepto. Pensar en la
construcción de una relación de conocimiento supone una abstracción categorial,
de manera que su utilización correcta, en el marco de determinados hábeas,
pueda tener distintos contenidos. La teoría en cambio supone una relación de
conocimiento que desde abstracciones categoriales, como por ejemplo el concepto
“capitalismo”, recorta el fenómeno en una demarcación empírica, morfológica,
observable. Recorte del problema que
determina la riqueza o pobreza del análisis y, en consecuencia , el sentido de la teorización.
La teorización es un cierre
(“cargas de significaciones”) de lo complejo que jerarquiza lo que en un primer
recorte del fenómeno resulta caótico. De ahí que el uso de la teoría sea
importante de dos maneras: según el proceso de investigación, con el riesgo de
imponer un cierre al fenómeno ya que podría tener otros, independientemente de
la riqueza de los conceptos teóricos utilizados; o, en el marco de la relación
de conocimiento que cumple una función de delimitación de lo observable, ya
sea en el pasado o el presente.
Con lo que no se trata de una
relativización del concepto sino de historizarlo, en forma de alejarse de los
usos dogmáticos para evitar aplicarlo en cualquier circunstancia. Por ejemplo,
al no haberse historizado el concepto de la democracia en Chile, se habla de
una democracia que no se sabe en qué consiste, si es la misma de antes o
después del golpe militar, o la que se plantean los militares. Quizá
morfológicamente pueda describirse de la misma manera la “democracia” :
elecciones, gobiernos civiles elegidos cada cierto tiempo, existencia de un
parlamento, de un sistema electoral y
otros atributos, pero que pueden no garantizar el significado pertinente para
el momento del que estamos hablando.
Hace 20 años no tenía la
misma significación hablar de clases, partidos o representación; no obstante,
se puede cargar a un universo de
significados teóricos el cual ya no son pertinentes. En Chile, se ha llegado a
afirmar que las demandas del pueblo son
las mismas que los de la Revolución Francesa, lo que expresa una ausencia de
historización que facilita que los conceptos se transformen en valores, por
tanto, en vez de discursos teóricos, se construyen interpretaciones
ideológicas.
Otra forma de abordar la
historización del concepto refiere a la lógica de construcción de la relación
de conocimiento. Los conceptos pueden cumplir una función cognitiva o
gnoseológica, en la medida que pueden ser parte de discursos denotativos
o connotativos, estar vinculados al conocimiento analítico, o bien a
dimensiones del sujeto, sea la
emocionalidad o a dimensiones volitivas. En el discurso de Nietzsche,
por ejemplo, hay proposiciones conceptuales no solo analíticas, por lo que se
lo calificó de “folletinesco”, porque salta los muros de la razón pura
pretendiendo incorporar en su distinción entre lo apolíneo lo dionisiaco la
distinción griega entre entendimiento analítico y erótico; donde el concepto
del entendimiento erótico relacionado con lo sensitivo, evocativo, intuitivo,
pudiera no agotarse en las lógicas asociadas al entendimiento analítico. Son
dimensiones del sujeto rescatadas en la investigación que no se resuelven por silogismos o razonamientos simplemente
teóricos, sino por “otras lógicas” que incorporan al sujeto investigador en la
investigación. Es algo que está presente en el artista, en el escritor, que no
se logra exclusivamente con el
entendimiento analítico y que no tiene porqué estar ausente en la construcción
de ciencia.
Segundo comentario: el compromiso en la ciencia social latinoamericana.
Cualquier intento de transformar y dar cuenta de la práctica humana obliga
a cuestionar los límites disciplinarios. La misma práctica es un todo
indivisible de distintas dimensiones,
que obliga a redefinir el concepto de límite disciplinario. La exaltación de
las especialidades puede suponer que el intelectual no se compromete con nada, en la medida que se refugia en los datos y en
las técnicas especializadas.
En la actualidad puede haber
mucho conocimiento especializado, altamente segmentado, pero carente de un
compromiso personal porque apunta más bien a la reproducción de algún proyecto
de economía o de sociedad. El análisis de historia de las ideas, desde esta
perspectiva, supone la relación entre el
respeto disciplinar y el compromiso con lo que se construye, ya que el sentido
de construir conocimiento, además de la elaboración de conceptos supone el
rescate del sujeto que lo construye.
Actualmente uno de los problemas de la academia es que está cada vez menos interesada en comprometerse con proyectos de largo
plazo; por el contrario, más bien con
proyectos que financian su actividad, transformando a los investigadores
en técnicos cuya función es resolver problemas particulares, aunque perdiendo la capacidad de plantearlos.
Tercer comentario: el rescate del sujeto de conocimiento. La
relación entre sujeto y lenguaje, en el ámbito de la ciencia, permite constatar
la ausencia del sujeto. El lenguaje es una estructura discursiva centrada
específicamente en el objeto, en el predicado. Se observa incluso una tendencia
a la linealidad hasta en el ámbito literario, como un riesgo que supone,
sintomáticamente, una pérdida de la capacidad de ficcionar, transformando la novela en crónica.
Lo anterior tiene que ver
con la naturaleza de los enunciados. Enfrentamos al lenguaje como indicador de
una situación, según el cual el hombre se enriquece o no de su propia historia.
Así, un mayor tiempo transcurrido
¿expresa un incremento en la riqueza del
sujeto? Nos referimos a que, en información, se trata de la postura que se
asume frente a la historia, considerando
a la memoria no como un archivo sino como una síntesis que refiere a cómo está
el pasado en el presente de manera de iluminar el futuro. Más de 2 mil años
antes de Cristo, los egipcios formularon la idea de que es bueno hablarle al
futuro porque escucha. La historia actual no lo está haciendo, porque el sujeto
la vive, no como experiencia, sino como información.
El sentido de esta discusión
se encuentra en si estamos potenciando las diferentes facultades para construir
conocimiento, o solamente las de tipo lógico-formal, como la del entendimiento
analítico; pero también si esas facultades pasan -y cómo- por el entendimiento,
como recordaba Mondolfo, en relación a los presocráticos cuando consideraba que
su revolución epistémica había sido volitiva y no solamente lógica. Con lo que
aludía a una disposición para colocarse ante las circunstancias, en ese caso
respecto de las cosmogonías heredadas, tal como hoy día podríamos preguntarnos lo mismo respecto a la
“globalización.”
En verdad, entre el
pensamiento y ese conjunto de circunstancias que llamamos “globalización”, se
da un espacio en el que cabe reaccionar, buscar respuestas, cuestionando el
reto mismo que supone: cómo puedo transformar la historia en experiencia y
adueñarme de ella no solo cognitivamente, en el sentido de quien señalaba que
“hay que pintar con hambre”.
El rescate del sujeto en la
construcción del conocimiento supone trascender cualquier especialización,
porque su sentido, aún empíricamente, es el de colocarse en el momento del
propio sujeto. Uno de los obstáculos que se presentan es el empobrecimiento del
lenguaje; en consecuencia, se plantea la necesidad de recuperar el lenguaje en
una acepción general,
como señalaba Humboldt, en
tanto es la forma que tiene el hombre para enlazarse con su mundo, más allá de
lo denotativo.
Sin embargo, el imperio de
los especialistas puede estar contribuyendo a pensar que los grandes desafíos
en la construcción del conocimiento son propios de los filósofos de las ciencia
y no de quienes construyen
concretamente; el conocimiento lo que implica
evadir tener que asumir el
rescate del sujeto. Podríamos preguntarnos dónde está el sujeto de la
conferencia de cualquier académico, si acaso éste queda fuera de los discursos,
en cuyo caso el discurso será casi siempre funcional al poder por efecto de la
inercia del orden dominante.
Lo anterior concierne a una
cuestión de enunciados que lleva a romper con
parámetros asociados con este orden y su inercia. En América Latina éstos los encontramos en la crítica de los
estudios sobre la poscolonialidad. En los que aparece el sujeto sacrificado por
otro que siempre lo subyuga y que es el del poder. Cabe mencionar los trabajos que
buscan incorporar a un sujeto que nunca se ha expresado en el discurso de la
historiografía oficial. Hay que estar
atentos a la transformación del discurso historiográfico cuando deja de ser el
propio de una disciplina para convertirse en un discurso de realidad, pues, en
ese caso, la desaparición del sujeto representa la eliminación de toda
alternativa discursiva, olvidando que así como hay muchos pasados también hay
muchos futuros.
Es necesario entender la
historia como un proceso en que se forma la autoconciencia individual, la cual es parte de un contexto
histórico-cultural, de manera que tenga lugar la apropiación de la historia
como experiencia conformadora de la subjetividad personal. Por ejemplo, en relación
con un texto de enseñanza en México, elaborado por maestros de la Universidad
Pedagógica Nacional (UPN), donde se explica a niños la guerra de Juárez con
Maximiliano, en vez de aseveraciones
excluyentes y dilemáticas se enfrenta a los niños con alternativas en forma de
problematizar las razones que se tuvieron
para fusilar a Maximiliano. El Ministerio de Educación prohibió el texto
porque no consideraba posible que los niños dudaran de la certeza de Juárez. O
bien cuando en un plan sobre didácticas y conciencia histórica se
censura para reemplazarlo por una didáctica de la historia pero sin conciencia
histórica.
Cuarto comentario :la relación entre experiencias sociales y la
reflexión epistémico metodológica. La pregunta es: ¿De dónde se aprende?,
¿de los éxitos?, ¿de los fracasos?. ¿Qué significa que la experiencia histórica
se pueda transformar en pensamiento? Se procura entender a los individuos y
colectivos sociales, no solamente como determinaciones históricas, sino desde
sus ejercicios de reactuación en distintas
direcciones. En este sentido, si pensamos en Chile ¿Cual es la función
que cumple en la reflexión el fracaso de la
Unidad Popular en Chile?
Sabemos lo descriptivo, la
anécdota de muerte de Allende, y situaciones que dan lugar a interpretaciones
ideológicas que duran hasta hoy; pero lo que importa es lo
que permanece soterrado, para
poder interpretar la historia como experiencia que configura una
multiplicidad de subjetividades, (ideas, utopías y voluntades). La reflexión epistémico-metodológica la de
tener su origen en las experiencias fundamentales, como han sido los proyectos
de sociedad, ya que se orienta a develar lo que está oculto en los grandes
hechos históricos, aquello que hace a sus procesos internos de constitución.
En la medida que estas
realidades quedan fuera de la mirada, nos enfrentamos con las incomprensiones
de las Ciencias en América Latina, como lo puede demostrar que inventaron
sujetos sociales, clases o movimientos al hoy, prescindiendo de las
particularidades contextuales. Con lo que no resuelven el problema de la
historia colocándose en callejones sin salida. Ello porque al no resolver la
exigencia de la historicidad no incorporan a los sujetos a los discursos. Los
procesos históricos tienen ritmos específicos, temporalidades en su despliegue,
por lo que cuando los fenómenos sociales no son abordados desde la perspectiva
de sus dinamismos constitutivos pierden historicidad, es decir a los sujetos
que los construyen. En este marco es importante incorporar la dimensión de
análisis que se refiere a las prácticas de los sujetos, a su capacidad para
forjar proyectos y hacerlos viables, o, en otras palabras, a como son capaces
de ejercer el poder que detenten. Paradójicamente, así como es abundante la
literatura sobre cómo conquistar el poder, la que se refiere a cómo ejercerlo
es escasa. Discusión ésta que apunta a profundizar en las dinámicas que tienen
lugar con los espacios de la cotidianidad, con el plano micrológico, no con las
grandes escalas en que los historiadores colocarán más tarde a los héroes de
mármol o de bronce. Ello marca una deficiencia profunda de muchas teorías, como
por ejemplo las teorías acerca de la dominación y del Estado. En una palabra, se busca articular las
dimensiones económicas con las culturales, los macrodinamismos con los
microdinamismos, tal como nos lo enseño el siglo XIX pero que olvidamos en el XX al endurecer el discurso en los
límites de estructuras. El paradigma de Marx enseñó que el factor económico no
siempre era el más importante, ya que no se podía entender la realidad en función de una
jerarquía rígida de factores; de ahí la exigencia de especificidad histórica. Habría que recordar, a manera de
ejemplo, la experiencia de Guevara en Bolivia, país en el que la referencia
campesina no “funcionó”, entre otras razones, porque el presidente del momento
( R. Barrientos) se le identificaba con un proceso distributivo de tierra a los
campesinos.
En esta línea de discusión
no podemos dejar de mencionar que, en general, el pensamiento conservador en
América Latina ha sido más cuidadoso de respetar la historia que el
revolucionario, este último que por
sus excesos se ha orientado, muchas
veces, a inventar la sociedad y a los sujetos. Pero el drama reside en que un
discurso que pretenda romper con la hegemonía dominante, requiere ser
historizado, no obstante atendido a deshistorizarse perdiendo a sus sujetos. Cuestiones
todas que deben traducirse en planteamientos metodológicos para resolver en la
construcción del conocimiento; el cual es un como camino por el Sahara, en el
conocimiento no se construye como entretenimiento ni por simples preocupaciones
teóricas.
*
Manifiesto en el texto clásico de Thomas S. Kuhn. The Structure of Scientific Revolutions, Chicago: University of
Chicago, 1970, v.e. La estructura de las
revoluciones científicas, México: FCE, 1971 [N.E.].

América Latina