PENSAR
TEÓRICO Y PENSAR EPISTÉMICO:
LOS
RETOS DE LAS CIENCIAS SOCIALES LATINOAMERICANAS
Hugo Zemelman M
La realidad que enfrentamos, la realidad socio
histórica, tiene múltiples significados. No es una realidad clara, inequívoca,
con una significación cristalina y a la cual se le pueda abordar sencillamente
construyendo teorías o conceptos. No es así por diversas razones, las cuales
forman parte del debate que hoy día se da en el ámbito académico sobre el
problema que afecta a las ciencias sociales, y que yo resumiría en un concepto:
el desajuste, el desfase que existe entre muchos corporas
teóricos y la realidad.
Esta idea del desfase es clave, ya que alude a los
conceptos que a veces utilizamos creyendo que tienen un significado claro, y no
lo tienen. Esto plantea la necesidad de una constante resignificación que, aun
siendo un trabajo complejo, es también una tarea central de las ciencias
sociales, sobre todo de aquellas de sus dimensiones que tienen que ver con la
construcción del conocimiento. Dicho de otra manera, es un tema central en el
proceso de investigación y, por lo tanto, es un tema central de la metodología.
La necesidad de resignificar surge precisamente por el
desajuste entre teoría y realidad. Pero, ¿por qué el desajuste? Por algo elemental:
el ritmo de la realidad no es el ritmo de la construcción conceptual. Los
conceptos se construyen a un ritmo más lento que los cambios que se dan en la
realidad externa al sujeto, por eso constantemente se está generando un
desajuste. Dicho así parece como un problema menor pero, en verdad, tiene
consecuencias profundas porque en la medida en que no resolvemos este problema,
podemos incurrir en discursos y enunciados, o manejar ideas, que, pudiendo
tener una significación en términos de a bibliografía o, para decirlo de una
manera mas amplia, en el marco del conocimiento acumulado, no tengan
necesariamente un significado real para el momento en que construimos el
conocimiento.
En el ámbito de las universidades de América Latina,
lo que decimos es un tema que debería ser abordado, pero que desafortunadamente
no lo es. Se constata de manera clara en las políticas de formación de los
científicos sociales en América Latina: no hay preocupación por el tópico, o
bien, se cree que es exclusivo de los
filósofos de la ciencia, de los lógicos, y no de quien quiere construir un
conocimiento sin necesidad de incursionar en las problemáticas de la filosofía
de la ciencia o de la lógica. Al no tomar en cuenta esta dificultad en la
formación de los científicos sociales, corremos el riesgo de que ellos estén
pensando ficticiamente, es decir, que – aun cuando existan excepciones- estén
pensando sobre realidades inventadas. Tan simple como eso.
Esto tiene evidentemente
consecuencias de orden práctico, porque si no supiéramos construir un
pensamiento sobre la realidad que tenemos por delante, y esa realidad la
definimos en función de exigencias conceptuales que pueden no tener pertinencia
para el momento histórico,
entonces
significa que estamos organizando, no sólo el pensamiento, sino el conocimiento
dentro de marcos que no son los propios de esa realidad que se quiere conocer.
Esta situación que, tal como la estamos planteando, parece como elemental y
obvia, sin embargo es parte de uno de los via crucis de las ciencias
sociales. Afortunadamente, desde hace algunos años a la fecha, hay grupos de
intelectuales latinoamericanos que han comenzado a reaccionar frente a este
hecho y que han puesto de manifiesto que muchos de los conceptos que utilizamos
para entender el Estado, la sociedad, las desigualdades, la democracia, la
cultura, incluso para entender las dinámicas sociales, la propia educación, no
responden a conceptos que estén reflejando la realidad que llamamos histórica,
sino que son conceptos acuñados en otros contextos y que muchas veces la
academia los repite sin revisar debidamente si están dando cuenta de realidades
concretas.
Al no tener conciencia que se está dando un desajuste
entre la teoría y la realidad que se pretende denotar, resulta que estamos
inventando realidades. Situación que podemos reconocer no solamente en el
ámbito de la investigación o de la docencia, de la academia en general, sino
que también en otro orden de discursos, por ejemplo el discurso político. En
ocasiones nos encontramos con que este frecuentemente esta amarrado a conceptos
que no son pertinentes, que no están dando cuenta de la realidad. Todo lo cual
supone, entre otras implicaciones, plantearse la cuestión y tratar de
resolverla; resolución que en ningún caso podríamos considerar que es
exclusivamente teórica, en el sentido de que basta construir un cuerpo de
proposiciones con una función explicativa que resuelva de una vez y para
siempre el problema. Precisamente es una cuestión que no se resuelve
teóricamente, porque si así fuera, sería tanto como desconocer la naturaleza
misma del problema. Si pienso que un desajuste de esta naturaleza se puede
resolver a través de una teoría, no estoy tomando conciencia que el problema
está en la teoría misma porque, por más brillante y genial que ésta sea, por
definición corre el riesgo de desfasarse de la realidad.
La resolución, pues, no es teórica, en la medida que
el problema es la teoría misma; por eso ésta requiere ser resignificada,
revisada a la luz de las exigencias de las realidades históricas, muchas veces
emergentes, nuevas, inusitadas, imprevistas. Ahora bien, si no es un problema
que se va a resolver teóricamente, ¿cómo se resuelve? Es en este marco donde
surge la cuestión importante de entender, y que se ubica en el plano de lo que
de manera abstracta podemos definir como pensamiento. Debo aclarar que
no estoy identificando pensamiento con teoría, pues eso significaría volver al
mismo vicio de creer que el desfase del que estamos hablando se corrige con el
pensamiento teórico. En tanto es en éste donde cristalizan las teorías,
correríamos el mismo riesgo de desfase o de desajuste del pensamiento teórico
respecto de la realidad histórica. Siendo así, cuando hablamos de pensamiento,
¿a qué nos referimos? A un pensamiento que se entiende como una postura, como
una actitud que cada persona es capaz de construirse a sí misma frente a las
circunstancias que quiere conocer. No se trata de decir: tengo los conceptos y
construyo un discurso cerrado, lleno de significaciones; se trata más bien de
partir de la duda previa, anterior a ese discurso cerrado, y formularse la
pregunta ¿cómo me puedo colocar yo frente a aquello que quiero conocer? Lo que
no es una cuestión teórica sino mas propia de lo que llamaría una forma
epistémica de resolver el problema. Surge entonces una discusión
interesante que simplemente me limito a apuntar: la necesidad de distinguir
entre un pensamiento teórico y un pensamiento epistémico, cuya diferencia está
precisamente en el cómo se resuelve la relación del pensamiento con esa
realidad que se quiere nombrar. Me explico: en el pensamiento teórico la
relación que se establece con la realidad externa - con la externalidad, para
decirlo en términos más correctos, a la luz de las discusiones actuales- es
siempre un pensamiento que tiene contenidos, por lo tanto el discurso de ese
pensamiento es siempre un discurso predicativo, vale decir, un discurso
atributivo de propiedad; ya que no es un pensamiento que puede dejar de hacer
afirmaciones sobre la realidad pues un pensamiento teórico es un pensamiento
que hace afirmaciones sobre lo real.
Quisiera poner un ejemplo para clarificar esta idea:
si leemos un libro de un autor “X” y enfrentamos un problema que ese autor ha
analizado, lo más inercial y frecuente es repetir las afirmaciones que el autor
ha dicho sobre la realidad “A”, aunque estemos analizando la realidad “B”. Es
decir, repetimos el mismo discurso aunque le agreguemos un enunciado con una
serie de predicados, o para decirlo en términos más precisos, le agreguemos una
hipótesis. Cuando hablamos de hipótesis estamos hablando de construcción de
enunciados con predicados que dicen cosas, que no son vacíos; una hipótesis
vacía es una contradicción, sería absurdo tener hipótesis sin contenido. Por lo
tanto el pensamiento teórico es un pensamiento que ya tiene un contenido
organizado y que puede ser el mismo contenido que se viene arrastrando (o puede
ser un contenido diferente, pero lo fundamental es que tenga un contenido) y,
por lo tanto, su estructura en términos de construir proposiciones es muy
precisa.
En cambio, cuando hablamos de pensamiento
epistémico nos referimos a un pensamiento que no tiene contenido y eso es
lo que a veces cuesta entender. ¿Cómo puedo yo tener un pensamiento sin
contenido? Si lo pusiéramos en términos de la discusión clásica, por ejemplo,
con Karl Popper en su texto Conjeturas y Refutaciones, la centralidad
del pensamiento epistémico es la pregunta, no es el predicado, no es la
atribución de propiedades. Esto, dicho así, aparece como de sentido común, pero
el problema está en darle a la pregunta un status no simplemente de mera
conjetura sino, más bien, de algo más amplio que eso, como es permitir que el
pensamiento se pueda colocar ante las circunstancias. Se plantea la dificultad
de colocarse frente a las circunstancias sin anticipar ninguna propiedad sobre
ellas. Es un tema fundamental porque cuando se dice “colocarse ante las
circunstancias”, frente a las realidades políticas, económicas, culturales,
significa que estamos construyendo una relación de conocimiento sin que ésta
quede encerrada en un conjunto de atributos; porque eso sería ya una afirmación
teórica. Es difícil esta forma de pensamiento epistémico porque la tendencia es
ponerle siempre nombre a las cosas. Hay que vencer esta tentación; más bien la
tarea sería preguntarse ¿cuántos nombres puede tener?.
Lo que decimos se viene discutiendo hace mucho tiempo,
pues es un tema casi permanente en la historia de las ciencias, que no se
termina por resolver de manera definitiva. Quisiera ejemplificar con dos
autores que, desde disciplinas muy diferentes a las que nos ocupan, han
planteado el tema y lo han resuelto de manera diversa. Uno es Bachelard ( en
textos como La
Racionalidad Científica y La Filosofía del
NO) que afirma que la tarea de la ciencia es ponerle nombre a las cosas.
Según Bachelard, el problema sería cuidarse de dos grandes riesgos: uno, de no
ponerle nombre viejo a cosas nuevas y, dos, de creer que porque no tienen
nombre, en el momento en que se plantea, son innombrables. En ese tránsito
entre no colocar nombres viejos a cosas nuevas y creer que porque no tienen
nombre son innombrables, se ubica lo que estamos llamando pensamiento
epistémico. Otro ejemplo es el de Lakatos. Cuando él se pregunta porqué el ser
humano ha podido progresar en la construcción de su conocimiento, contesta más
o menos en los siguientes términos: “porque la razón humana ha podido pensar en
contra de la razón”, porque el hombre ha sido capaz de pensar en contra de sus
propias verdades, porque ha podido pensar en contra de sus certezas. Analicemos
estas dos expresiones: significan no atarse, no quedarse atrapado en conceptos
con contenidos definidos, sino plantearse el distanciamiento respecto de esos
contenidos, o de esas significaciones, para buscar qué significaciones o
contenidos pueden tener las cosas que estamos tratando de pensar. Es la
problemática de lo que aquí llamo pensamiento epistémico.
Puede parecer un ejercicio puramente formal, pero
relacionémoslo con lo que decía al comienzo, esto es, con el hecho de que la
realidad socio histórica es una realidad mutable, en constante cambio, cualidad
ésta en la que radica la explicación de porqué se producen los desajustes entre
la realidad denotada y el pensamiento teórico. Es algo que estamos viendo
permanentemente y de una manera clara. En el ámbito de las ciencias sociales
latinoamericanas se ha tomado conciencia de cómo el pensamiento social ha
estado durante muchísimos años atrapado en un conjunto de conceptos que no
estaban dando cuenta de la realidad y que hay que redefinir. Conceptos como
Occidente, indio, blanco, raza, estratificación social, diferenciación social,
explotación, empresario, obrero, capas medias, Estado, legitimación, etcétera,
son algunos conceptos que hemos heredado de los textos, sin discusión ninguna,
y que hemos aplicado como si la realidad fuera homogénea en los distintos
países.
En la medida que estos conceptos nos parezcan
rigurosos, muy coherentes porque conforman discursos altamente lógicos y muy
persuasivos, muchos de ellos, estamos realmente cobijándonos al interior del
discurso sin poder salirnos de él, por lo que no estamos pensando la realidad
histórica concreta, sino una realidad inventada. El problema, entonces, está en
distanciarse de los constructos, y ese distanciamiento es la función del pensar
epistémico. Cómo se expresa esto, cómo se “operativiza” lo que no es sólo un
problema metodológico, ya que ocurre que también el discurso metodológico puede
desfasarse. Ya lo han planteado los metodólogos a lo largo de la historia de la
ciencia sociales: el canon metodológico, o sea las normas metodológicas, pueden
ser grandes trampas también para el pensamiento. De pronto, conceptos como rigor,
claridad, coherencia científica terminan por transformarse en
afirmaciones absolutas, en circunstancias de que conceptos relativo de lo que
es claro y lo que no lo es, o bien lo que es coherente y lo que no, se van
resignificando a lo largo del tiempo. En la medida que no se entienda esto,
quedamos prisioneros de un armazón metodológico que impedirá reconocer las
nuevas formas, las formas emergentes de la realidad socio histórica.
Pero existe una celda adicional a esta prisión del
pensamiento en el plano metodológico: las técnicas. Estas pueden ser también
grandes trampas. Cuando se les maneja sin la claridad necesaria respecto de lo
que significan, o sin el conocimiento de su lógica interna, terminamos por
creer que la realidad posible de estudiarse es sólo aquella que la técnica
permite ver. Estos puntos también son parte de los desafíos del pensamiento
epistémico. Pero, en que consiste todo esto, cómo se puede expresar, si es que
no sólo se reduce al plano metodológico. Es aquí donde surge una de las
cuestiones más interesantes pero muy mal entendida: el de las categorías. Quiero
detenerme en esto porque el problema de las categorías es el eje del
pensamiento epistémico.
Como muchos de los problemas que hemos mencionado,
deben ser objeto de un desarrollo mayor. En primer término, no hay que
confundir lo que decimos con la vieja discusión que se ha dado sobre las
categorías en el discurso de la filosofía; es decir, no estamos aludiendo con
el concepto de categoría, por ejemplo, a lo que las viejas corrientes del
pensamiento filosófico al estilo de Kant, plantearon con respecto a las
categorías donde éstas, en el fondo y en la forma, daban cuenta de lo que
podríamos llamar dos grandes cuestiones: o del fundamento último de la ciencia
o de las posibilidades mismas de pensar. Esa es una discusión que sin duda
alguna hay que tener, pero aquí sólo hago el acotamiento correspondiente para
que no se piense que estamos confundiendo distintos planos.
Una segunda cuestión, sobre la cual habría que
detenerse, es que las categorías, a diferencia de los conceptos que componen un
habeas teórico, no tienen un contenido preciso, sino muchos contenidos.
En ese sentido, las categorías pueden ser posibilidades de contenido, pero no
son contenidos demarcados, perfectamente identificables con una significación
clara, univoca, semánticamente hablando. También esta es una discusión antigua
que no se da solamente en las ciencias sociales, sino también está presente en
las ciencias de la naturaleza. Si revisamos, por ejemplo, la historia de la
ciencia a lo largo de dos mil quinientos años, nos encontraremos con esta
tensión entre las categorías y lo que aquí llamamos conceptos teóricos. Hay
categorías que se han mantenido a través de los siglos, aunque con distintos
contenidos; incluso en un mismo momento, una categoría puede ser objeto de
referencia de construcciones teóricas diferentes. Pongamos algunos ejemplos.
El concepto de fuerza, de masa, y de energía, para
poner tres casos de la ciencia de la naturaleza. En las ciencias sociales
tenemos otros tantos como el concepto de poder, de sujeto, de masa social, de
dinámica, y de conflicto. Esos no son
conceptos que tengan una significación unívoca, ya que pueden tener muchas
significaciones y es cuestión de revisar la literatura actual para ver que
muchos de estos conceptos tienen presencia prácticamente en todos los textos,
aún cuando sean textos discrepantes teóricamente entre sí. El concepto de
conflicto, por ejemplo, esta presente en un Marx y está presente en un Parsons,
por citar simplemente dos autores de referencia distantes entre sí teóricamente.
En ambos se habla de conflicto, en ambos se habla de equilibrio, pero con
significaciones muy diferentes porque los discursos teóricos -entendidos como
la capacidad del ser humano de formular atributos a los fenómenos- son
distintos. Volvamos, pues, a la distinción entre pensamiento teórico
pensamiento epistémico (idea que, por cierto, debo aclarar me la sugirió un
alumno en un seminario en El Colegio de México). En el sentido estricto de la
palabra, el pensamiento epistémico es preteórico, funciona sin un corpus
teórico y, por lo mismo, sin conceptos con contenidos definidos, con funciones
claras de carácter gnoseológico o cognitivo, o para decirlo de otra manera, con
funciones de determinación o con funciones de explicación. Por lo contrario,
son instrumentos del pensamiento epistémico, son categorías que me permiten
plantearme esto que, de manera abstracta, he llamado “colocarse frente a la
realidad”. Pero, en términos más concretos, ¿qué es colocarse frente a la
realidad? Significa construir una relación de conocimiento, la cual es el
ángulo desde el que yo me comienzo a plantear los problemas susceptibles de
teorizarse. Imaginemos, por ejemplo, que quiero analizar el conflicto social.
Bien, ¿cómo puede ser nombrado éste? Si me retrotraigo al punto de pensamiento
epistémico, me tendría que abrir a muchas posibilidades que, de hecho, son las
posibilidades que se contienen en la historia de las ciencias sociales; podría
yo decir, al conflicto social, yo lo voy a pensar –en el sentido de pensar para
ponerle un nombre- con un contenido desde, por ejemplo, la teoría del rol set (que es la conjunción de roles,
conceptos muy trabajados, desarrollados y volcados en investigaciones empíricas
por la llamada sociología funcionalista y de mucha presencia entre los sociólogos
y entre los politólogos).
Pero también podría pensar al conflicto social a
partir de la teoría de los grupos. Si yo elijo una u otra óptica, las
posibilidades de encontrar contenido al problema llamado conflicto social son
muy distintas. E incluso podría haber un tercer investigador social que diga ni
rol set, ni teoría de los grupos, yo voy a pensarlo desde a categoría de clase
social. Este es sólo un ejemplo para dar cuenta de las múltiples posibilidades
de teorización. Aquí todavía no hay ninguna teorización, sino solo las
posibilidades, porque si yo trabajo estos tres ángulos, a manera de ejemplo,
como posibles teorías, como posibles categorizaciones del fenómeno del
conflicto social, los contenidos a los cuales voy a llegar son absolutamente diferentes.
Y no podríamos decir que uno solo de estos hipotéticos investigadores está
estudiando el conflicto social y el otro no, pero las posibilidades de
teorización son totalmente diferentes.
El pensar epistémico consiste en el uso de
instrumentos conceptuales que no tienen un contenido preciso, sino que son
herramientas que permiten reconocer diversidades posibles con contenido. Esto
hace parte de lo que podríamos definir como un momento pre-teórico, mismo que
tiene un gran peso en las posibles teorizaciones posteriores. Decir
pre-teórico, significa decir, construcción de relación con la realidad. Pero
¿qué significa, a su vez, esto? Significa que si yo me estoy colocando frente a
las circunstancias que quiero estudiar sin precipitar un juicio en términos de
construir un predicado ya predeterminado con contenido sobre aquello que no
conozco, entonces estoy distanciándome de la posibilidad de anticipar nombres
teóricos a un fenómeno que no conozco; y ese distanciamiento frente a la
realidad para no precipitar juicios teóricos que se van a expresar en
enunciados predicativos, es lo que en términos más amplios podríamos llamar
“Problema”. Es decir, si yo construyo un enunciado teórico –no obstante lo
valioso y coherente que sea, o los amplios antecedentes bibliográficos que
tenga-, pero lo construyo y lo aplico por ejemplo a través del método
hipotético deductivo a la realidad sin plantearme este distanciamiento que aquí
estoy llamando “problema”, estoy retro-alimentando aquello que señale al
inicio: el desfase, el desajuste o el divorcio entre mi pensamiento y la
realidad.
Esto así, porque el encadenamiento entre el
pensamiento y la realidad no conocida es la capacidad que tiene el sujeto de
construir problemas, y la construcción de los problemas no puede ser encajonada
en términos de determinados contenidos ya conocidos. Vuelvo a la advertencia de
Bachelard: es más fácil llamar a las cosas con los nombres de siempre, en
circunstancias en que se conoce el nombre pero no se conoce aquello que se
quiere nombrar con ese nombre. Así, muchas veces las investigaciones quedan
reducidas a investigar el nombre, pero no aquello que se nombra. Esto pasa en
la economía, en la antropología, pasa en todos los discursos porque es muy
cómodo decir “yo he leído tantos autores y tengo tantos conceptos en la cabeza
que preciso usarlos”, y obviamente “usarlos” es transformarlos rápidamente en
nombres. Pero ocurre que, entonces, esa persona no está realmente construyendo
conocimiento porque si hay un requisito elemental en este ámbito, es
precisamente el de construir el conocimiento de aquello que no se conoce,
no de aquello que se conoce. Este es el fundamento de la principal función del
pensamiento epistémico: éste funciona con categorías sin contenidos precisos y,
en el quehacer concreto de la persona, se traduce en la capacidad de plantearse
problemas. No necesito abundar en la dificultad que implica el plantearse un
problema.
Construcción de problemas desde el
pensamiento epistémico
Aquí hay varias cuestiones: las inercias mentales, la
capacidad o no para plantearse problemas y la exigencia de no confundir
problema con objeto. Sobre lo primero: los temores, el no atreverse, el estar
pidiendo siempre reconocimiento de la autoridad, el estar constantemente
refugiándose en la bibliografía, cobijándose en lo cierto o en lo verdadero, es
olvidarse de la advertencia de Lakatos acerca de que si el ser humano ha podido
avanzar en el conocimiento, ha sido porque se ha atrevido a pensar en contra de
todo lo que estimaba verdadero y cierto. En términos sicológicos esto es algo
muy profundo: atreverse a estar en el desasosiego, a perder la calma, a perder
la paz interior. Tan simple como eso. Quien no se atreva, no va a poder
construir conocimiento; quien busque mantenerse en su identidad, en su sosiego
y en su quietud, construirá discursos ideológicos, pero no conocimiento; armará
discursos que lo reafirmen en sus prejuicios y estereotipos, en lo rutinario, y
en lo que cree verdadero, sin cuestionarlo. Lo que está en juego –segunda
cuestión- es la capacidad, o no, de planearse un problema, el aplicar o no un
razonamiento que no quede atrapado en los conocimientos ya codificados;
significa aquí ser crítico de aquello que nos sostiene teóricamente, o sea, ser
capaces de distanciarnos de los conceptos que manejamos, así como también de la
realidad observada.
Es decir, no solamente tenemos la obligación de
distanciarnos de aquellas teorías que de alguna manera conocemos para no
incurrir en una reducción de la realidad, sino también implica cuestionar lo
empírico, lo que observamos, porque esto puede no ser lo relevante, puede ser
sólo la punta del iceberg. Y esa punta del iceberg que miramos morfológicamente
no es el problema; en el mejor de los casos, puede ser un tema -por
ejemplo, el de la pobreza, la injusticia, la desigualdad, la opresión- que voy
a estudiar. Los temas pueden ser sólo enunciados que creemos claros porque son
un recorte empírico de lo observable, pero en realidad solamente son un aspecto
que asoma a la observación y, por lo tanto, ocultan la mayor parte de lo que
son como problema. Esto se da con mucha frecuencia, por eso que no es de
extrañar que las tesis, incluso las de Maestría y Doctorado, no pasan del tema
(que es lo mismo que decir no pasan de lo morfológico, de lo observable, no
pasan de la observación sin crítica a las estructuras de la información), pero
no hay esfuerzo de problematización desde el tema. Porque la problematización
desde el tema, significa estar dispuestos a zambullirse debajo del nivel del
agua y comenzar a ver qué hay más allá de la superficie, qué hay debajo de la
punta del iceberg.
El punto fundamental no es comenzar a decir lo que hay
debajo del agua o de la punta del iceberg, porque eso significaría reducir lo
que no está ni siquiera observado y mucho menos conocido, a un conjunto de
conceptos manejamos y que creemos mecánicamente aplicables. Aquí es donde se ve
casi analógicamente lo que significa “crear un problema”; en el fondo es
zambullirse más allá de lo observable y para eso hay que contener la
respiración, que en el caso de la investigación, equivaldría a recurrir al
pensamiento crítico, el cual hace las veces de oxigeno. Si queremos
zambullirnos para ver lo que hay debajo del iceberg, debemos tener capacidad de
crítica y la capacidad de crítica, y ésta significa no contentarse con lo que
se ve, con lo observable.
Los estadísticos, por ejemplo, tienen muy clara esta
cuestión (aunque el que la tengan clara no significa necesariamente que la
resuelvan) que, para decirlo en sus términos, consiste en la relación que hay
entre un indicador de algo y el indicatum de ese indicador, es decir,
aquello que subyace a ese indicador; si yo creo que ese indicatum está
todo reflejado en el indicador, puedo cometer grandes errores conceptuales y
por lo tanto no aproximarme a conocer lo que quiero conocer. Hay que
zambullirse para ver aquello que no se ve, que es el indicatum, que es
el resto del iceberg. En la construcción de problemas, no hay que dejarse
llevar por la observación morfológica, ni dejarse llevar acríticamente por la
información o, para decirlo en términos más sintéticos, no creer que el tema
que hemos podido enunciar, es el problema.
Para poder resolver esto –y aquí entramos a la tercera
cuestión en relación a la formulación de problemas por el pensamiento
epistémico- se requiere, fuera de lo obvio, paciencia, se requiere quizá
resolver otra cuestión que en el plano de la investigación es muy usual: no
confundir el problema con el objeto. Yo puedo tener un objeto –el cual
puedo derivar de mis premisas teóricas- sin darme cuenta que éste supone
implícitamente una construcción, y puedo entonces comenzar a repetir
conocimiento sobre un objeto ya construido. En la medida en que yo no haga el
esfuerzo de construir este objeto desde el problema, también puedo caer, no
digo en confusiones, sino en falsedades. Por ejemplo, si el teórico “A”
transformó el problema de la explotación económica en un corpus teórico
–el cual tiene contenido y por lo tanto es un objeto concreto identificable-, y
yo no hago ningún esfuerzo por volverme a plantear el problema de la
explotación económica, sino repito la conclusión de este señor en cuanto a
objeto teórico derivado de otro contexto histórico, es evidente que no estoy
estudiando necesariamente el fenómeno, sino a lo sumo estoy estudiando al autor
“A” que dijo algo sobre el tema; mi esfuerzo se reduce a ver si lo planteado
por ese autor mantiene la vigencia en un recorte de tiempo diferente, lo cual
es muy distinto a decir que estoy estudiando el problema.
Desafortunadamente esto es lo que se ha dado en
América Latina de manera casi permanente, y es lo que ha llevado a muchos
autores a plantearse la necesidad de revisar el uso de los conceptos, aún de
aquellos que pensamos que son muy claros y con significaciones muy precisas.
La lectura de teorías en el pensamiento
epistémico
Este punto se vincula de manera muy directa con la
función más importante de lo que estoy llamando aquí pensamiento epistémico.
Este se basa –como hemos visto- en la construcción de una relación de
conocimiento, la cual, a su vez, en el fondo consiste en demarcar problemas
antes que construir enunciados con atributos teóricos. Esta cuestión que es muy
simple de decir, presenta, no obstante, varias dificultades; yo quisiera
mencionar sólo una para ir circunscribiéndome a algunos tópicos: el problema de
cómo leemos la teoría. Este es un tema que quiero privilegiar aquí por una
razón fundamental: porque es un tema que no sólo tiene implicaciones de
carácter metodológico, sino también en el terreno pedagógico en un sentido
amplio, esto es, en el marco de las políticas de formación; problemática que,
por cierto no se restringe al ámbito preescolar o de la educación primaria,
sino que está presente también hasta en el nivel de los postgrados.
La cuestión a la que hago referencia es ¿cómo leemos?
Todos sabemos leer, todos sabemos descifrar las palabras, pero no
necesariamente sabemos leer. Detrás del aquí llamado pensamiento epistémico
está la urgencia por saber leer los contenidos que todo mundo esta recibiendo a
través de las bibliografías de los distintos autores; saber leer un texto es no
restringir la lectura a lo que podríamos definir como el “procesamiento del
subcontenido” o, para decirlo de otra manera, el procesamiento de sus
conclusiones o la esquematización de un conjunto de proposiciones que el autor
nos hereda para poder trabajar con ellas frente a las realidades que queramos.
Esta sería una lectura en el sentido clásico, es decir, a la larga, una lectura
exegética, pero reducida a los contenidos teóricos, lo cual me parece altamente
insuficiente. En el caso de las ciencias sociales en particular, hay que hacer
un esfuerzo adicional y éste no es otro que tratar de leer los textos como lo
que son: construcciones, el constructo mismo; leerlos desde lo que podríamos
definir como sus lógicas constructoras. A lo que aludo con “lógica
constructora” es a tratar de reconocer detrás de las afirmaciones atributivas
de propiedades que tiene un texto teórico por ejemplo, los problemas que
pretende responderse el autor a través de tales proposiciones; es decir,
reconocer cómo el señor “X” construyó su problema y cómo lo termina teorizando.
Esto es algo fundamental, elemental, no en el sentido de simple, sino en el
sentido fundamente: si yo leo un texto reduciéndolo simplemente al conjunto de
proposiciones que el texto me ofrece –lo que siempre resulta más fácil- lo que
estoy haciendo es olvidar que detrás existe una lógica de construcción.
Cuando digo, leamos no sólo las propuestas de un Weber
sobre la burocracia, sobre los movimientos sociales, sobre las religiones,
sobre lo que fuere, obviamente me refiero a ir más allá de la mera proposición
que él haya podido hacer en torno del fenómeno A o Z; supone, por el contrario,
rastrear como construyó esas proposiciones, y ese ¿cómo construyó? alude a lo
que aquí de manera un tanto esquemática yo llamaba el discurso preteórico de
Weber, o de Marx, o de Durkheim. Es el discurso epistémico implícito en su
propia construcción teórica, la cual, de alguna manera, está basada en el
uso de determinadas categorías, muchas de ellas no explicitadas sino, en la
mayoría de los casos, están implícitas en los textos. Es lo que los
comentaristas de esos autores han llamado hasta hoy, la génesis del pensamiento
de Durkheim, de Marx, de Weber; es precisamente en la génesis en donde es
preciso descubrir el empleo de categorías desde las cuales ellos
problematizaron y respondieron a ese problema a través de una serie de
teorizaciones.
Las lógicas de construcción son muy claras en algunos
autores, pero no en todos. Y Aquí quiero traer a colación una cuestión
importante. Uno de los problemas que tenemos hoy a finales del siglo XX y
comienzos del siglo XXI, no solamente es el abuso de los textos de difusión o
de resúmenes (que son fatales, por cierto), sino también la abundancia de un
cierto tipo de libros, de producción, donde no se ve claramente lo que estoy
llamando las lógicas constructoras. Esto demuestra que podemos estar –y lo
planteo como una hipótesis nada más y no como una aseveración- en presencia de
una producción teórica débil (y aquí me alejo de la acepción de Vattimo que
empleaba el concepto “debilidad del pensamiento” para decir que no era
necesario encontrar el fundamento último de cualquier teorización). Me estoy
refiriendo a que no siempre está claro cómo se construyeron las aseveraciones
en torno a un fenómeno. Es importante de tener en cuenta este punto para
iniciar una discusión acerca de la función teórica actual.
Este problema, entonces, de las
lógicas de construcción es fundamental, porque en tanto éstas se basan en el
uso de categorías subyacentes, es lo que nos permite ver si un pensamiento
puede o no estar vigente más allá del contexto histórico en que se construyó.
Aquí voy a citar a Gramsci, quien señaló que el gran problema del conocimiento
social es poder construir un conocimiento que sea capaz de crecer con la
historia. Este es el punto, y no es problema teórico, es un problema
epistémico. Hay categorías que resisten, por decirlo así, las mutaciones históricas
más que otras; pueden ser categorías que se mantienen vigentes más allá del
periodo histórico en el cual se forjaron inicialmente y, por tanto son
susceptibles de ser recuperadas como elementos constructores de más
conocimiento, o de nuevo conocimiento, más allá del momento, repito, en que fue
gestado.
El
tiempo y la complejidad de lo real.
El pensamiento tiene que seguir a la historia en el
sentido de adecuarse creativamente a los cambios de los procesos históricos.
Esto supone asumir muchas cuestiones, por lo menos dos que son básicas: una,
que los fenómenos históricos no son fenómenos lineales, homogéneos, simétricos,
ni están sometidos a la mecánica celeste de nadie; son fenómenos complejos en
su dinamismo, en el sentido en que se desenvuelven en varios planos de la
realidad, no solamente en uno y son a la vez macro y microsociales. Esto
supone, por ejemplo, que tenemos que estudiar esos fenómenos históricos en
varios recortes de la realidad y no solamente en uno. Esa es una primera
exigencia. La segunda involucra al problema del tiempo. Las temporalidades de
los fenómenos son muy variables, los tiempos son múltiples, no hay un solo
tiempo que fije el fenómeno, sino muchos tiempos y eso, evidentemente, es uno
de los grandes desafíos para el conocimiento. Existe una tendencia a lo
factorial, a reducir el fenómeno complejo a un factor o conjunto de factores, y
analizar éstos en términos de la lógica de determinación causa y efecto. El
problema es que eso no siempre ocurre en los fenómenos sociales, pues pueden
haber múltiples factores aplicables o existentes en distintos niveles de la
realidad. Los fenómenos históricos no ocurren de manera plana, longitudinal,
sino tienen lugar a través de coyunturas, las cuales forman parte de los
procesos, de las tendencias a largo plazo, y eso tenemos que tomarlo en cuenta.
Y por último, los procesos socio-históricos no son solamente económicos,
políticos, sociales, institucionales, etcétera, sino que conforman una
constelación, están relacionados entre sí, son parte de una matriz de
relaciones complejas, que los lleva a que se determinen recíprocamente lo
económico con lo político, lo político con lo cultural, y así sucesivamente.
Por otro lado, los fenómenos histórico-sociales hacen
parte no solamente de contextos y de relaciones múltiples dentro de distintos
niveles de la realidad, sino también de contextos, de significaciones -por usar
un término-, o de universos de significaciones. Por ejemplo, desde una
perspectiva numérica, ser pobre en Bolivia, quizá ser comparable a ser pobre en
otro país; pero el ser pobre en un país con un contexto cultural determinado,
con una carga simbólica específica, y serlo en otro país que tiene una
simbología diferente (por lo tanto una carga de significaciones diferentes),
sin duda transforma cualitativamente al fenómeno. Aludo con esto a que no
solamente no sólo están las complejidades anteriores, sino a que además los
fenómenos son universos de significación, lo que aquí de alguna manera estamos
tratando de llamar cultura. Por otra parte, en el concepto de cultura está
presente el hecho elemental de que cualquier fenómeno social que queramos
estudiar, ya sea en corto o en largo plazo, es construcción de los seres
humanos, de los sujetos, pero no de uno sólo, sino de muchos sujetos. Quizá uno
de los grandes desafíos que nos hereda el siglo XX es precisamente la
complejidad de los sujetos que construyen la historia, que están detrás de los
fenómenos que queremos estudiar y que son complejísimos; sujetos múltiples que
tienen distintas características, variados espacios, tiempos diversos, y
visiones diferentes del futuro desde las cuales construyen sus realidades.
En síntesis, todo esto es lo que de alguna manera está
detrás del enunciado “pensamiento y cultura en América Latina”; porque América
Latina es una construcción de sujetos que se están transformando y que, a su
vez, construyen realidades distintas a las que pueden eventualmente surgir en
otros contextos culturales, como pueden ser lo asiáticos, los europeos, los
africanos, o los norteamericanos. En la medida en que eso no lo tengamos en
cuenta, evidentemente el conocimiento, en esa a veces absurda pretensión de
universalidad, no va a ser nunca un conocimiento real, porque la realidad del
conocimiento no esta sólo en la universalidad, sino que está en lo que aquí yo
llamaría la pertinencia histórica del conocimiento. Y ésta se refiere a
la capacidad que tiene el conocimiento de dar cuenta de la especificidad de los
fenómenos, que es lo que resulta de entender a estos como ubicados en contextos
muy complejos de relaciones múltiples y en distintos tiempos. Eso es un
desafío, si es que realmente queremos llegar a construir un conocimiento que
permita reconocer posibilidades de construcción y que no se limite simplemente
a describir lo que ya se ha producido o se circunscriba nada más a dar cuenta
de lo que ya da cuenta el discurso dominante. Ese es el problema. ¿O es que la
realidad social, económica, política e incluso tecnológica, se agota los
parámetros del discurso dominante?Hay mucha ciencia social que lo cree así y
hace ciencia, a veces rigurosa, al interior de los parámetros del discurso
dominante, como si la realidad de la sociedad humana se redujera a los
contenidos de ese discurso que hoy día es uno y mañana puede ser otro. La realidad
es mucho más que eso, la realidad está siempre dentro y fuera de los límites
del conocimiento, sea dominante o no. Por lo tanto, para poder reconocer esa
realidad que está fuera de los límites de lo que se dice que es lo real en el
plano de la economía, en el plano de los sistemas políticos, etcétera,
necesitamos aplicar un razonamiento mucho más profundo, que rompa con los
estereotipos, con los pre-conceptos, con lo evidente. Esa es la función de lo
que aquí he llamado el pensar epistémico, esto es, el plantearse
problemas a partir de lo que observo pero sin quedarme reducido a lo que
observo, sino ir a lo profundo de la realidad y reconocer esas potencialidades
que se ocultan, que son las que nos van a permitir construir un conocimiento
que nos muestre posibilidades distintas de construcción de la sociedad.
Quisiera concluir con esa vieja advertencia de Braudel, el gran historiador
francés, y que siempre habría que recordarla: “así como un país no tiene sólo
un pasado, tampoco tiene sólo un futuro”.

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